Aquellas cuatro paredes

Parada en aquella puerta, con una mano sobre el umbral y otra escondida de manera casual en su bolsillo, las memorias no solo inundaban su mente de forma violenta e intempestiva sino que le estrujaban el pecho.

Las noches de verano.
Los gritos de sus hermanas rogándole que apagara el aire.
La superioridad que la invadía cuando fingía estar dormida mientras escondía el control debajo de las sábanas.
El placer indescriptible del contacto con su colcha preferida.
El equilibrio perfecto que encontraba su cuerpo cuando, al estirar el pie, dejaba al descubierto apenas un tramo de su pierna.

Tres camas. Alineadas de mayor a menor, desde la puerta hasta la pared del fondo.
Tres juegos de sábanas y colchas cuadrillé color durazno.
Tres mesitas de luz, tan parecidas entre sí como distintas.

En la primera, una pila creciente de libros sin leer.
En la segunda, un iPod conectado a unos auriculares de cable blancos.
En la tercera, un peluche de un perro deformado de tantos abrazos.

En la esquina, al fondo de la habitación, casi como una reliquia que nadie se anima a mover, un escritorio y una computadora. De tubo. Programada con un Windows 95 que seguramente había dejado de funcionar muchos años después de haberse mudado a Buenos Aires.

Respiró hondo.

Cuatro paredes que significaban más que un cuarto. 

Cuatro paredes que habían sido testigo de llantos dramáticos, de esos en los que pareciera que los ojos al hincharse de lágrimas necesitan de los pulmones para deshincharse de dolor; de llantos silenciosos, como los que conocen solamente quienes han aprendido a sufrir en silencio; de llantos comunitarios, cómo los que nacen de historias y traumas compartidos; de llantos-risas, cómo los que nacen cuando dos almas conectan en los más primitivos y anhelados de los sentimientos: el goce y la felicidad.

Cuatro paredes que habían sido refugio cuando, en el piso de abajo, las voces perdían la timidez y alcanzaban un volumen difícil de ignorar. Desde muy chica había aprendido a distinguir las discusiones de las peleas y, como quien entiende que anticiparse es esencial para sobrevivir, se acercaba sigilosamente a cerrar la puerta mientras proponía a sus hermanas subir el volumen de la computadora y jugar al karaoke.

Cerrando los ojos, volvió a respirar hondo. Sintió el nudo en la garganta y tragó.

El ventanal cerrado. Las tres durmiendo en la cama del medio. Así las había encontrado su madre el día que vino a contarles que la ambulancia que se había llevado a papá no iba a traerlo de vuelta. 

Pero ella ya lo sabía (o al menos, intuía), porque las tres dormían en aquella misma cama del medio cuando, hacía media hora, papá se detuvo en el umbral de esa misma puerta y haciéndole señas para que no haga ruido, se despidió de ellas.

Al abrir los ojos, miró a su madre, cuya sonrisa rebosaba de orgullo.

Después dejó que la mirada recorriera esas cuatro paredes: el equipo de gimnasia, el mat de yoga en el piso, el set de TV y el sillón que transformaban el viejo cuarto en el nuevo espacio de ocio de la casa de su infancia. 

– Me encanta ma. Lo vas a re aprovechar.


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