Los dioses también se enojan

Hoy Ares me llevó de la mano y llenó de ira todos aquellos vacíos que ibamos dejando al andar.

Si hay quienes saben sentir ira y enojo sin vergüenza son los dioses, que, de sólo estar aburridos, montan en cólera y la descargan en sus súbditos, que por su poco entendimiento terminan echándose la culpa a ver quién fue el primero de ellos en caer en desgracia.

Bastardos ilusos. Si tan solo entendieran lo poco que valemos. Tan poco que ni un suspiro de los dioses podría atribuirse a alguno de nosotros, menos una lágrima, ni el resonar de una risa en sus salones dorados del Olimpo, ni la energía que conlleva su enojo y su ira.

Porque, después de todo, si hay algo que sabemos quienes practicamos el arte milenario de fruncir el entrecejo es la cantidad de energía que a uno se le va cuando se enoja.

Por eso los dioses la tienen tan fácil. Porque tienen mucha energía de reserva. Incluso si la gastan viajando por el mundo, peleándose entre ellos, eligiendo favoritos y creando guerras para divertirse, o despistando vírgenes y engendrando hijos para preservar su ego, fluyen por sus venas torrentes de energía que los desbordan y que explican los arranques de celos o los ataques de ira.

Yo, en cambio, no tengo muchas excusas.

Los días como hoy, donde las emociones me superan, me encantaría dejarme llevar por la idea de que yace dentro de mí una fuente inagotable de energía y de poder que proviene del propio Zeus, semilla original de mi árbol genealógico. Pero no soy ni hija de Zeus, ni hay sangre divina corriéndome por las venas. En mí, la ira no es un don sino una grieta.

Los días como hoy, me encuentro teniendo que conformarme con una sesión más de terapia, donde mi psicóloga me recuerda una vez más las herramientas de terapia conductual que aprendí y que me permiten lograr, aunque sea por un instante, un atisbo de regulación emocional.

Pero no la verdadera estabilidad, sino una copia tan falsa como las reliquias del velo de la Verónica que se venden en las santerías afuera del Vaticano, como si la Iglesia hubiera dejado fraccionar pieza tan preciada solo con fines de lucro. Bueno, es cierto que la Iglesia, a lo largo de los siglos, ha permitido cosas irrisorias con fines de lucro.

Lo cierto, de todas maneras, es que, al igual que esas reliquias, tal y como funcionan los placebos, la mayor parte del tiempo me contento con la ilusión del control de mis emociones. Y en esos momentos, fantaseo con poder vivir una vida sin sobresaltos. Equilibrada.

La otra parte, cuando el espejismo del control se escapa de mis manos, prefiero alejarme del pensamiento que busca arrebatarme la calma y que me quiere hacer creer que soy simplemente una humana con fallas de fábrica que jamás logrará aquello que tanto ansía: la paz.

No.

En esos momentos, aunque sea solamente para no romperme del todo, prefiero simplemente respirar hondo y pensar:

“Bueno, después de todo, los dioses también se enojan.”


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