Detrás de escena

Las teclas sonaban casi al compás de su jazz favorito, aquel que la acompañaba cada jueves en un intento a contrarreloj por cumplir los deseos caprichosos de su editora. Había encontrado, en el mero hábito de sentarse a escribir cada jueves, un consuelo inmediato a la culpa de paralizarse constantemente frente a las páginas en blanco. Hacía unos minutos, el aroma a gardenias de su vela preferida inundaba la habitación con una fragancia delicada pero envolvente; combinaba a la perfección con el té de avellanas que se había preparado en la cocina antes de subir. Computadora, jazz, té de avellanas y gardenias. Una receta que nunca antes le había fallado. 

Cuando llegó a su casa, llevaba horas rumiando la idea. Se le había ocurrido esa mañana mientras se duchaba en aquella prisión moderna a la que llaman gimnasio. Y había fantaseado con cómo desarrollarla mientras volvía en tren, luego de una rutina monótona, propia de la vida de oficina. Aun así, no había podido ponerse a trabajar en ella sino hasta más tarde.

Cuando logró sentarse a escribir esa noche, las emociones brotaron de su interior sin siquiera un atisbo de freno. Las letras se agolpaban con la desesperación de quien quiere escaparse de un lugar inhóspito. Las líneas fluían en un documento que, aunque no tenía título ni una trama demasiado clara, ella se empeñaba en llamar novela. La escena se había apropiado de ella. El encuentro de los personajes le aceleraba el pulso y la respiración, el deseo le crispaba la piel. Escribía con la seguridad de quien ha encontrado el hilo del cual tirar y con la urgencia de quien sabe lo que es pasar días -semanas, incluso- sin que una idea de valor se te ocurra. Después de páginas y páginas de desencuentros, los personajes al fin se reencontraron en los párrafos de aquel documento sin titular.

Absorta, no había escuchado la puerta cerrándose y la sobresaltó suavemente el peso de un beso en la coronilla. Cerró los ojos y respiró hondo, inhalando aquel aroma terroso, tan familiar. Apoyó la cabeza en ese gesto silencioso y sonrió. Él le respondió con otro beso, esta vez más cerca de su sien.

Escribir era su oficio, sí, pero hacerse entender sin decir una sola palabra era su pasatiempo favorito. A veces lo lograba sin querer; otras, lo hacía adrede.

El beso se convirtió en una cadena de caricias, suaves pero con una clara intención, que ella ansiaba por corresponder. No recordaba cuándo había sido la última vez que habían compartido un rato juntos;. Pero en ese momento, no tenía ganas de averiguarlo, solo quería dejarse llevar. Como al escribir su novela. Por las palabras, por las caricias.

Llevaba puesto su camisón favorito, dos piezas de seda que le acariciaba la piel con una suavidad casi perezosa y le permitían moverse con comodidad. Contorsionándose sin apuro, levantó sus brazos, giró la cabeza y se abrió al juego de guiar sin decir. Una risa grave sonó detrás suyo.

Se encontraron entre besos y sonrisas cómplices. Las ganas fluían como dos ríos que se encuentran al final de una pendiente: rápidas, tumultuosas, pero al compás de dos velocidades que, por esa noche, buscaban lo mismo. Se encontraron con la pasión de dos jóvenes que empiezan a conocerse y que se desviven por agradar, pero con la precisión de quienes llevan años coordinando juntos en la intimidad. 

Había pensado mucho en el día en que se volvieran a ver y todo había sido tal cual se lo había imaginado. Íntimo, familiar. 

Al finalizar, cerró los ojos por un instante. Morfeo tocó insistentemente a su puerta y la tentación de bajar la guardia fue real. 

Al abrirlos, los párrafos se habían convertido en páginas. Sus dedos, quietos sobre el teclado, se sentían cansados pero satisfechos. La pantalla brillaba, y ahí estaba: aquel punto final aún expectante. 

Respiró hondo y se desplomó en el taburete. El fresco algodón del jogging de entrecasa contrastaba con su piel aún acalorada.

Giró la cabeza hacia la cama y mirando las sábanas intactas, suspiró.


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