Al llegar, notó que se trataba de un departamento modesto, ciertamente mucho más grande que las cuatro paredes a las que había llamado hogar en los últimos meses, pero no lo suficiente como para justificar la emoción de Patricio.
De pie en el umbral de la puerta de entrada, la sospecha la consumió. Se preguntó si Patricio había alardeado sobre el departamento, subestimándola y queriendo endulzarle el oído, o si acaso era tan inocente como para creer él mismo cada palabra que le había dicho de camino al edificio. Tal vez todo había sido para quitarle el miedo, para calmar su ansiedad; pero, en el proceso, había generado en ella expectativas que luego no podría cumplir, tiñendo de gris los inicios de su relación.
Luján jamás entendería la necesidad de algunas personas de hablar con palabras grandilocuentes, pero se encontraría con muchas de ellas a lo largo de su vida. E iría catalogándolas, según su criterio, como “amenazas” o “inofensivas”.
Sabía lo que le había dicho su médico: tenía que estar agradecida. Porque, a pesar de su melena dorada y sus ojos cálidos y juguetones, había llegado a este mundo sola, sin un alma que pudiera hacerse cargo de ella. Su madre no tenía los recursos suficientes, no para cuidar de ella y de sus hermanos al mismo tiempo. Entonces, para no tener que sufrir el destino de tener que elegir, había decidido prescindir de toda su progenie.
Enterarse de esto fue doloroso. Pero aún más doloroso fue escucharlo, no de su madre, sino de una mujer vestida con un ambo celeste, que parecía suponer que Luján no entendía de lo que le hablaba. En sus primeros días en este mundo, Luján conoció la tristeza y el dolor; ese dolor que no se quita ni al dormir, y que, al despertar, sigue ahí, oprimiendo el pecho, como si se alimentara de cada respiración.
Pero eso no iba a desalentarla. Luján tenía la intención de hacer de su vida la mejor vida de la que se hubiera escuchado jamás. Quería disfrutarla, a pesar de que su madre no la hubiera elegido, a pesar de haberse enterado de esa decisión por boca de una extraña, y a pesar de que Patricio —que insistía una y otra vez en que lo llamaran Pato, aunque no lo fuera— pudiera haberla subestimado al decirle que debía estar contenta, porque su nueva casa era muy grande.
Grande, había dicho. Como si ella no supiera el significado de la palabra grande. Pero ella conocía más palabras de las que Patricio —Pato— le daba crédito. Porque desde el momento en que abrió los ojos, Luján era, por encima de todo, un ser lleno de curiosidad. Conocía más de 350 palabras.
Al entrar al departamento, algo cambió. La recibió Paz, que se arrodilló solo para abrazarla. Y, en ese abrazo, Luján entendió a Patricio. Al cruzar el umbral de la puerta, algo cambió. Entendió que grande no era un adjetivo para describir un espacio de cuatro paredes —como la jaula donde la pusieron al nacer en la veterinaria.
Un par de humanos que habían decidido abrirle la puerta. Y así, ella entendió que, a pesar de ser lo que los humanos llamaban un golden, podía formar parte de ese gran vínculo que los humanos llamaban familia. Y por primera vez desde que tenía memoria, no sintió miedo. En su lugar, algo cálido y nuevo empezó a crecer dentro de ella.
No sabía cuánto duraría. Pero, mientras Paz le acariciaba la cabeza y Patricio cerraba la puerta detrás de ellos, Luján supo que, al menos por ahora, ya no estaba sola. Y a veces, eso era lo más grande de todo.
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