El latte empezaba a ponerse frío. Media hora. Clara llevaba esperando media hora. De reloj. No la sorprendía; Lucas nunca había sido puntual. Pero bueno, se le había pasado por la cabeza que, después de tantos meses, capaz la cosa era distinta. Lo que sí la había sorprendido había sido su mensaje en Instagram, porque después de tantos meses no esperaba que la contactara, es cierto. Pero le escribió. Era él quien le había escrito.
Al llegar al café, había pedido un latte, especiado, con leche de almendras, como esos que se piden en las cafeterías de especialidad en Palermo. Hollywood. O en Colegiales, ahora que se está poniendo de moda el barrio. Eso también la había sorprendido. Porque a Lucas no le gustaban las cafeterías de especialidad. Todo el tiempo que estuvieron juntos era ella quien había tenido que pedirle por favor que la acompañe. Casi rogarle. Pero ahora no había sido ella la de la idea. Había sido él. Y eso también la sorprendió. Porque había nacido de él.
¿Por qué no podemos ser amigos? le había escrito por Instagram después de invitarla a tomar un café. Qué descaro. Y ella se quedó sin palabras, no supo qué contestar. Porque ¿con qué cara, no? Amigos, había dicho.
Ahora que lo pensaba no sabía qué la había desconcertado más: el mensaje, la elección del café de especialidad en Palermo o el planteo de ser amigos después de seis meses de haber cortado. Pero la demora, eso ciertamente no la sorprendía, porque eso era igual que siempre. No había cambiado.
Y por eso, en parte, se había pedido el latte. Porque se había acostumbrado a esperarlo en cafés, en restaurantes, en el cine. Dios, esa vez que la hizo esperar en el cine y casi se perdieron el inicio de la película. Clara respiró hondo y miró su cucharita, esa que agarraba cada vez con más fuerza. La cucharita no tiene la culpa.
¿Qué iba a hacer con Lucas cuando llegase? ¿Le iba a decir que sí, que estaba cómoda con que sean amigos? El amor después del amor había escrito Fito. Clara sin duda lo había amado, pero ¿acaso el amor puede mutar? Puede transformarse. Bueno de Fito a Drexler. Más palermitano no se consigue.
Sus amigas -las de en serio, las que se habían bancado juntadas eternas del monotema, las que la habían hecho subir un par de kilos mandando helado y chocolates, las que después la habían buscado para ir a caminar por los bosques cuando ella se quejaba de eso- estarían escandalizadas si se enteraban de que ella estaba ahí, una vez más. Esperando, tomándose un café frío. Una vez más.
Por eso había elegido no decirles nada. Hay cosas que uno no le dice a sus amigas, no porque estén mal, sino porque quiere ahorrarles el disgusto. ¿O acaso quiere ahorrarse a una misma el disgusto? Cuántas veces se habían juntado, vinos de por medio, y había visto sus ojos brillar con esa expectativa ansiosa que pretendía empujarla a confesar eso que no se animaba a decir ni frente al espejo.
Gracias a sus amigas, las de verdad, sabía que la verdadera amistad era aquella que accede a nuestro alma sin poner en riesgo nuestra supervivencia. Al punto que uno termina, muchas veces, dependiendo de esas amistades para sobrevivir.
Y con Lucas no podía tener eso. Porque la verdadera amistad está en domesticar al otro y en domesticarse uno mismo, para aprender a ser vulnerable sin sentirse expuesto, desnudo.
No, definitivamente no. Con Lucas no era así. No porque Lucas no fuese un buen amigo. Sino porque ella estaba ahí, esperando con el café frío una vez más, sintiéndose no sólo vulnerable sino completamente expuesta, desnuda.
Mejor no, pensó Clara, terminándose el café.
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