
Te veo, en ese espacio de realidad aumentada que llamamos memoria, y te extraño. Recuerdo un sonido, reconozco tu voz, y solo tengo ganas de volverla a oír a través del parlante. Enérgica e infantil. Porque así sos. Esa voz ronca pero endulzante que era la única que no me molestaba escuchar en las mañanas. La única voz que añoraba que me llamase para saber cómo estoy.
Recuerdo las risas, los besos escondidos, en tu cuarto, en el auto. Recuerdo la adrenalina. Y en parte, tal vez preferiría mantenerlo así. Utópico.
Luego me mostraste en público, te dejé mostrarnos. Y me encantó. Amé cada momento a tu lado. Los caprichos, los enojos, los desayunos, las tardes de estudio sin estudiar en serio. A tu lado entendí que el amor no era lo que venden. No era amar tu defectos, ni idealizarte. Tampoco era que encajásemos perfectamente. Amar, para mí, fue aprender cómo rellenar espacios; aprender a subsanar vacíos que existían por ser piezas que no encajaban pero querían encajar. Tal vez ese fue nuestro error. Querer con tantas ganas. De ser así, no me arrepiento en absoluto.
Sin embargo, un día eso cambió. Y yo me sentí chiquita, olvidada. Y vos dabas órdenes. Ya no preguntabas. Yo dejé de ser una pieza entera y me convertí en mi propio rompecabezas. Incompleto. Vos no supiste como juntarme. La rutina se había vuelto aburrida. Y el sexo… bueno, el sexo era solo sexo.
El tiempo pasó y nos jugó una mala pasada. El cansancio se volvía abrumador. La distancia, demasiada. Cuando quise crecer y volver a rellenar esos espacios, te alejaste. Mezquino de algo que en algún momento habías entregado y de los que hoy eras receloso. Parecíamos niños persiguiéndonos por un tablero. Yo pisándote los pies mientras vos saltabas uno, tres, cinco espacios para llegar más rápido a la meta. Y yo no supe – perdón – no supe qué hacer con ello. No supe admitirlo porque no soy buena diciendo: «no sé«. Nunca lo fui.
Entonces, volví a ser una pieza más de un juego que no sabía cómo jugar. Sola, en una relación de a dos. Noche tras noche, sexo tras sexo. Sabiendo de que nos habíamos convertido ambos en un accesorio; figuras encastradas en un collage que se asemejaba a nuestra relación.
Ayer, tome una decisión. Desconozco si es la correcta, como quien no tiene el diario del lunes. Espero que sí. Y de no serlo, la vida se encargará de darme una lección – espero que temprano, antes que tarde -.
No voy a negarlo igual: cuando supe que escuchaba tu voz por última vez, lloré. Quería volver a escucharte, tal como aparecías en mi memoria: enérgico e infantil, buscándo despertarme un sábado por la mañana. Quería volver a sentir que con vos nada me podía derrotar, que podía sentirme tranquila. Y eso significaba mucho porque la tranquilidad – al igual que la paciencia – escasean en mi arianidad.
Lloré cada lágrima, con angustia, orgullo y resignación. Todo al mismo tiempo. Por los recuerdos mal guardados, esos que no nos dimos cuenta de archivar bien. Por el tiempo mal aprovechado del que tantas veces pensamos que podíamos prescindir. Habría más, decíamos. Por la tranquilidad perdida. Pero sobretodo, por perder a la persona con la que aprendí a amar y con la que tenía tantas ganas de seguir aprendiendo.
En fin. Esto lo escribí porque quería decirte: ayer, cuando hablábamos, te ví; y creo entender por qué no funcionó. Creo que en algún momento dejamos de vernos mutuamente. Dejamos de ver que éramos dos piezas que estaban superpuestas y que lo único que podía ayudarnos a completar el rompecabezas era tomar algo de espacio y volver a empezar.
Deja un comentario